El sueño que se hizo realidad.



Con frecuencia recuerdo a  los que ya no están a nuestro lado, supongo que para hacerlo de una forma más especial, celebramos el día de Finados o Santos Difuntos. Una forma de rendir homenaje a los que físicamente ya no nos acompañan y que tan buenos y dulces momentos nos han hecho pasar. Cuando digo dulces, no puedo evitar saborear de nuevo todos aquellos postres tradicionales y recordar el olor a Buñuelos, Boniatos asados, Huesos de santo, Castañas… Mi casa era una gran cocina donde todas las mujeres de la familia colaboraban con la única intención de lograr que ese año todo fuera más. Más bueno, más dulces, más familia, más vecinos a los que “convidar”… Trato de mantener esa tradición, pero desgraciadamente soy una pésima repostera, y no porque me queden mal del todo, sino porque me los voy comiendo casi a la misma velocidad con la que los voy haciendo. Y eso, queridos amigos, no hay cuerpo ni cartera que lo sostenga.
Preocupada como estoy por no dejar que se borren nuestras tradiciones en favor de otras que ni son nuestras ni son tradiciones, me metí en la cama con un deseo y la esperanza de que se hiciera realidad. Necesitaba encontrar un lugar donde los dulces tradicionales de esta época fueran hechos con todo el cariño que mi familia ponía en su elaboración. Con la misma forma tradicional pero aportando quizás un poco de aire fresco, con la variedad que siempre había en casa, con el mismo sabor y aroma que yo llevaba impregnado en mi alma. Me acosté, dormí y a la mañana siguiente todo mi sueño se hizo posible. Al principio no caí en ello, las señales fueron muy sutiles, pero al final Los Santos, que aunque difuntos siguen haciendo de las suyas me revelaron la sorpresa; Era domingo, me levanté con ganas de ver a los amigos. Y eso hice, me regalé el día para empaparme de ellos. El primero el más lejano, Paco el de Caletillas, la verdad es que se acababa de mudar y aún no le había hecho la primera visita. Vive justo al lado de la Pastelería Díaz, así que compre un variadito se lo llevé y me fui a ver a otra amigo, esta vez a los Majuelos y ya sé que está mal, pero se me hace tan pesado ir hasta allí que nunca voy a verlo, tal vez por eso no sabía que también al lado de su casa hay una Pastelería Diaz. Igual ritual, compra de productos, dulce regalito y a por los siguientes. Taco, El Sobradillo y Santa Cruz. Parecía como si las hubieran puesto allí para mí, pero cosas del destino todos los amigos a los que había decidido visitar hoy vivían al lado de una Pastelería Díaz. Pensé que podría ser una casualidad, pero cuando llegué a mí casa en La Laguna y decidí dar un paseo por la calle La Carrera, un aroma familiar me fue envolviendo y una sensación de felicidad apoderando de todos mis sentimientos. Seguí ese olor como embrujada y allí ante mí estaba la última de cuantas Pastelería Díaz iba a ver ese día. Me di por vencida y nuevamente entré, esta vez con calma y pensando en mi y en las personas que una vez habían provocado esos olores. Me senté ante un mostrador gigante y empezaron a pasar ante mis ojos los más variados dulces, y algunos igualitos a aquellos que alguna vez me habían robado tantas sonrisas. Había Buñuelos de Crema Pastelera, de Nata, de Chocolate, de Dulce de Leche, de Crema de Turrón, todos con una pinta exquisita y gritándome; ¡Llévame contigo! ¡Llévame contigo! Y por supuesto que eso pensaba, pero aún tenían más sorpresas para mí. Una de las empleadas de Pastelería Díaz, muy amable, se acercó y me invitó a probar los Buñuelos de gofio. ¡¡Madre mía!! Qué cosa tan rica. En mi casa siempre ha habido una gran variedad de dulces, así que este año que me tocaba a mí suministrar a toda la familia y a algunos vecinos, tenía que seguir buscando variedad y tradición, y aunque ya no tenía ninguna duda de que aquel era el sitio, seguí mirando y dejándome enamorar. Casi como si alguien me cogiera la cara para llevarla a la dirección correcta deposité  los ojos en ellos, en los Huesos de Santo y ahí ya caí rendida ante los pies de esta empresa familiar que no sólo conserva lo mejor de la tradición sino que además sabe innovar sin perder la esencia.  Los Huesos de Santo que me habían seducido eran de Trufa de frutos rojos y Praline de Avellanas. Espectacularmente deliciosos y con muy pocas oportunidades de comerlos en el año, así que con la excusa de que tenía que llevar para todos, aumente un poquito más las compras con la tranquilidad de quien sabe que aún le quedan unos cuantos días para reponer, en caso de que sean muchas las noches que ya no pase soñando, sino comiendo los exquisitos dulces que mis Santos pusieron para mí en la Pastelería Díaz.


@YCordobés

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